Santo Domingo.— Cuando en 2018 el Partido Revolucionario Moderno (PRM) se encaminaba hacia la renovación de su dirección partidaria, dos nombres terminaron convirtiéndose en las principales figuras de conducción de la organización: Carolina Mejía y José Ignacio Paliza.
Su llegada a la dirección del partido fue el resultado de un entendimiento político entre Luis Abinader e Hipólito Mejía, dos de las principales figuras del PRM, quienes coincidieron en la necesidad de preservar la unidad interna y garantizar una conducción capaz de llevar a la organización hacia un nuevo ciclo político.
La decisión tenía un componente adicional: ni Carolina Mejía ni José Ignacio Paliza contaban, hasta entonces, con una trayectoria de conducción partidaria comparable con la responsabilidad que estaban llamados a asumir.
El escenario tampoco era sencillo. El PRM se encontraba en la oposición, con el desafío de consolidarse como la principal alternativa electoral del país, superar las tensiones naturales de una organización relativamente joven y articular las distintas corrientes, liderazgos territoriales y generaciones que convergían dentro de sus filas.
Ocho años después, los resultados permiten hacer una valoración distinta.
La gestión de Carolina Mejía y José Ignacio Paliza puede ser observada como un período de consolidación, crecimiento, unidad y éxito electoral, en el que el partido no solo logró mantenerse cohesionado, sino que consiguió ampliar progresivamente su base política y convertirse en una fuerza electoral capaz de alcanzar el poder y posteriormente conservarlo.
Uno de los principales desafíos de aquella dirección fue mantener la unidad interna. En una organización política en crecimiento, con aspiraciones presidenciales, municipales y congresuales, las diferencias y aspiraciones personales forman parte inevitable de la dinámica partidaria.
Sin embargo, la conducción de Mejía y Paliza consiguió desarrollar un estilo basado en el respeto entre los diferentes actores, la búsqueda de entendimientos y la construcción de una institucionalidad partidaria que permitiera procesar las diferencias sin convertirlas necesariamente en rupturas.
Ese proceso tuvo su primera gran prueba en las elecciones de 2020.
El PRM llegó a ese proceso electoral como principal fuerza opositora y terminó produciendo uno de los resultados políticos más significativos de las últimas décadas: ganó la Presidencia de la República, alcanzó una amplia representación congresual y obtuvo importantes victorias municipales.
La victoria presidencial de Luis Abinader no fue, por tanto, un hecho aislado. Formó parte de un proceso de crecimiento territorial y electoral del PRM que permitió al partido pasar de ser una organización opositora en consolidación a convertirse en la principal fuerza política del país.
Pero el verdadero desafío para una organización política no siempre es alcanzar el poder. En muchas ocasiones, la prueba más difícil consiste en conservar la unidad, administrar el crecimiento y demostrar capacidad para repetir los resultados.
Y esa segunda prueba llegó en 2024.
El PRM volvió a imponerse de manera contundente en las elecciones municipales, congresuales y presidenciales. Luis Abinader obtuvo la reelección presidencial y el partido amplió considerablemente su presencia en el Congreso y en los gobiernos municipales.
La repetición de los resultados de 2020, con una nueva victoria de amplio margen en los distintos niveles de elección, permitió interpretar el proceso no simplemente como el resultado de una coyuntura electoral favorable, sino como la expresión de una estructura partidaria que había logrado consolidarse.
En ese recorrido, Carolina Mejía y José Ignacio Paliza ocuparon un lugar central.
Durante estos años, ambos tuvieron que aprender a conducir una organización política mientras esta pasaba por una de las transformaciones más importantes de su historia: de par









