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jueves, 10 de septiembre, 2026

Abinader desautoriza a quienes hablan en su nombre sobre un candidato presidencial preferido

Las declaraciones del mandatario al asumir la presidencia del PRM envían un mensaje inequívoco de imparcialidad frente a la competencia por la candidatura presidencial y dejan sin autorización política a quienes pretenden atribuirle preferencias que él públicamente ha rechazado.

El proceso interno que deberá conducir al Partido Revolucionario Moderno (PRM) a seleccionar su candidatura presidencial para las elecciones de 2028 comienza a entrar en una etapa cada vez más intensa, en la que las aspiraciones, alianzas y movimientos internos empiezan a definir el escenario político de la organización oficialista.

En medio de ese proceso ha comenzado a circular, desde sectores vinculados o cercanos al Gobierno y al propio partido, la versión de que el presidente Luis Abinader tendría supuestamente un candidato o candidata preferida para sucederlo.

Sin embargo, las palabras pronunciadas por el propio mandatario al asumir la presidencia del PRM parecen colocar una barrera clara frente a ese discurso.

Abinader fue categórico al establecer cuál pretende que sea su papel en el proceso de sucesión presidencial: no escogerá al candidato, no construirá una candidatura desde la presidencia partidaria y tampoco impondrá un heredero político.

La importancia de esas declaraciones no debe analizarse únicamente por lo que dicen, sino también por el momento político en que fueron pronunciadas.

Abinader asume la presidencia del PRM precisamente cuando comienza a acelerarse la competencia entre las distintas figuras que aspiran a representar al partido en las elecciones presidenciales de 2028. Desde esa posición tendrá una influencia institucional indiscutible sobre el desarrollo del proceso interno.

Por eso, cuando el propio presidente establece públicamente que su misión será garantizar condiciones de imparcialidad, institucionalidad y reglas claras, está delimitando el terreno sobre el cual deberá desarrollarse la competencia.

Pero existe otro mensaje que quizás resulta todavía más importante.

Si Luis Abinader afirma públicamente que no escogerá a su sucesor ni impondrá un heredero político, entonces ningún dirigente, funcionario, colaborador o sector interno debería arrogarse la facultad de hablar en su nombre para proclamar preferencias presidenciales que el propio mandatario no ha expresado.

Ahí está precisamente el centro del debate.

Durante los próximos meses probablemente aumentarán las versiones, rumores y operaciones políticas dirigidas a presentar determinadas aspiraciones como supuestamente favorecidas por el poder presidencial. En una organización que gobierna el país, atribuirse el respaldo del Presidente constituye una herramienta política poderosa porque puede influir sobre dirigentes medios, autoridades locales, funcionarios y estructuras territoriales.

Por esa razón, las declaraciones de Abinader adquieren especial trascendencia.

El mandatario no solamente prometió no imponer un heredero. También planteó que los aspirantes deberán encontrar un PRM institucional, democrático, imparcial y unido; que deberán competir bajo reglas claras y que las posiciones públicas no podrán utilizarse para obtener ventajas indebidas.

En términos políticos, el mensaje difícilmente podría ser más claro: la candidatura presidencial del PRM deberá decidirla el PRM, no el Palacio Nacional ni quienes pretendan hablar en nombre del Presidente.

Esto coloca una responsabilidad adicional sobre todos los sectores internos.

Quien aspire tendrá derecho a construir estructuras, buscar respaldos, recorrer el país, conquistar dirigentes y convencer a la militancia. Esa es precisamente la naturaleza de una competencia democrática. Lo que resultaría cuestionable sería intentar sustituir ese trabajo político por la construcción artificial de una supuesta bendición presidencial.

Abinader parece haber escogido otro camino.

Su discurso apunta hacia la figura de un árbitro institucional que pretende preservar la unidad del partido mientras sus principales liderazgos compiten por sucederlo.

Naturalmente, será el desarrollo de los acontecimientos el que permitirá comprobar hasta qué punto esa imparcialidad puede mantenerse cuando la competencia alcance sus momentos de mayor intensidad.

Pero existe desde ahora un compromiso público.

Y ese compromiso tiene consecuencias políticas.

Cada vez que alguien pretenda afirmar que determinado aspirante es “el candidato de Abinader”, tendrá frente a sí las propias palabras del Presidente rechazando la construcción o imposición de un heredero.

La competencia presidencial del PRM deberá librarse, por tanto, sobre el terreno de los liderazgos, las estructuras, las propuestas, la capacidad de movilización y el respaldo que cada aspirante consiga construir dentro de la organización.

Porque si algo dejó establecido Luis Abinader al asumir la conducción del PRM es que nadie está autorizado a utilizar su nombre para fabricar una candidatura presidencial preferida que él mismo ha dicho que no pretende escoger.

El mensaje está dado.

Ahora corresponde a los aspirantes competir y a la militancia decidir.

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