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martes, 27 de octubre, 2026

Gloria y Yadira y la sororidad PRMeista

¿Puede sostenerse una defensa firme del liderazgo femenino mientras se apoya un proyecto presidencial masculino en un partido donde dos mujeres representan alternativas competitivas para alcanzar la candidatura presidencial?

La política dominicana comienza a colocar sobre la mesa una discusión que trasciende las aspiraciones individuales y obliga a examinar la coherencia entre los discursos de reivindicación femenina y las decisiones concretas que se adoptan en el ejercicio del poder.

En el Partido Revolucionario Moderno (PRM), dos nombres invitan a esta reflexión: Gloria Reyes, ministra de la Mujer, y Yadira Henríquez, dirigente que ha presidido el Frente Nacional de Mujeres Modernas. Ambas representan espacios desde los cuales se ha defendido la participación política de las mujeres, la igualdad de oportunidades y la conquista de posiciones de liderazgo en una sociedad históricamente marcada por desigualdades de género.

Sin embargo, el escenario de la competencia interna perremeísta rumbo a 2028 plantea una interrogante inevitable: ¿dónde queda la sororidad cuando las decisiones políticas parecen colocar los intereses de un proyecto particular por encima de la posibilidad de impulsar el liderazgo presidencial de otra mujer?

La sororidad frente a la realidad del poder

La sororidad no debe entenderse como una obligación de votar por una mujer simplemente por ser mujer, ni como una renuncia al pensamiento independiente o a las diferencias ideológicas. Significa, en esencia, construir relaciones de solidaridad entre mujeres, reconocer las barreras que históricamente han limitado su participación y evitar que esas mismas barreras se reproduzcan dentro de las organizaciones políticas.

Por eso, el debate no consiste en afirmar que Gloria Reyes o Yadira Henríquez están obligadas a respaldar una candidatura femenina. La cuestión es más profunda: determinar si sus decisiones políticas son coherentes con los principios de participación, representación y empoderamiento de las mujeres que han defendido desde sus respectivas posiciones.

En una organización donde se perfilan dos figuras femeninas con aspiraciones presidenciales, la vicepresidenta Raquel Peña y la alcaldesa del Distrito Nacional, Carolina Mejía, la pregunta adquiere una dimensión especial.

Ambas representan posibilidades reales de que el PRM presente a una mujer como candidata presidencial en las elecciones de 2028. Su participación en la competencia interna abre una oportunidad para discutir no solamente quién tiene mayores posibilidades de ganar, sino también qué significa ampliar los espacios de las mujeres en los niveles más altos del poder político.

El dilema de Gloria Reyes

La posición de Gloria Reyes merece una atención particular. Como ministra de la Mujer, tiene entre sus responsabilidades institucionales la promoción de la igualdad de género, los derechos humanos de las mujeres y las políticas dirigidas a combatir las desigualdades que limitan su desarrollo.

Su trayectoria política también la ha llevado a ocupar posiciones de relevancia dentro del PRM, incluida la Secretaría Nacional de Organización, lo que le otorga una presencia importante en la estructura partidaria.

En ese contexto, su respaldo político a David Collado, según el escenario planteado en este debate, abre una interrogante que merece ser examinada públicamente.

¿Es posible separar completamente la defensa institucional de la igualdad de género de las decisiones que se adoptan en una competencia política donde está en juego la posibilidad de que una mujer alcance la Presidencia de la República?

La respuesta no puede reducirse a una acusación de inconsecuencia. Una mujer tiene pleno derecho a apoyar al candidato que considere más preparado, independientemente de su sexo. Sin embargo, cuando esa mujer ocupa una posición pública vinculada directamente con la igualdad de género, sus decisiones políticas inevitablemente quedan expuestas a un mayor escrutinio sobre la coherencia entre sus principios y sus actuaciones.

El debate, por tanto, no debería centrarse en cuestionar su libertad de elección, sino en conocer qué criterios políticos, programáticos y de representación sustentan su decisión.

Yadira Henríquez: entre la representación femenina y la lealtad política

El caso de Yadira Henríquez también invita a reflexionar sobre el papel de las mujeres que dirigen estructuras partidarias femeninas.

Desde la presidencia del Frente Nacional de Mujeres Modernas, su posición ha estado vinculada a la organización y participación de las mujeres dentro del PRM. Ese espacio tiene una responsabilidad política que trasciende las actividades institucionales: contribuir a que las mujeres militantes encuentren oportunidades reales de crecimiento, liderazgo y participación en los procesos de toma de decisiones.

Si una dirigente que ha representado ese espacio decide respaldar una opción presidencial masculina frente a dos aspirantes mujeres de su propia organización, surge una pregunta legítima: ¿qué mensaje recibe la militancia femenina?

No se trata de negar la autonomía de Yadira Henríquez ni de establecer que la sororidad deba imponerse sobre cualquier otra consideración. Se trata de examinar si las estructuras creadas para impulsar el liderazgo de las mujeres están contribuyendo efectivamente a ampliar sus oportunidades en los espacios de mayor poder o si terminan subordinadas a las alianzas y lealtades de los proyectos políticos tradicionales.

Porque una cosa es defender la participación femenina en posiciones legislativas, municipales y administrativas, y otra es contribuir a que esa participación pueda alcanzar la máxima responsabilidad ejecutiva del Estado.

David Collado y la paradoja política

El respaldo de mujeres dirigentes a David Collado no constituye, por sí mismo, una contradicción con la igualdad de género. La democracia interna exige libertad de elección, pluralidad y competencia entre personas con distintas trayectorias.

Sin embargo, la discusión cambia de dimensión cuando quienes respaldan una candidatura masculina son figuras que han tenido un papel relevante en la defensa de los derechos de las mujeres o en la conducción de estructuras concebidas para promover su participación política.

En ese escenario, la paradoja consiste en que el discurso de empoderamiento femenino puede coexistir con decisiones que, en la práctica, no priorizan la oportunidad de impulsar una candidatura presidencial de una mujer.

La pregunta es si esa decisión responde a una evaluación objetiva de las propuestas, la capacidad de gestión, la viabilidad electoral y la visión de país de cada aspirante, o si está determinada principalmente por compromisos políticos, afinidades personales y acuerdos entre grupos de poder.

Ese es el punto que merece una explicación.

La sororidad no puede convertirse en una consigna que se invoca en los actos públicos y se abandona cuando llega el momento de distribuir el poder. Pero tampoco puede utilizarse para descalificar a una mujer por ejercer su libertad de apoyar a un hombre.

El desafío está en demostrar que la defensa de la igualdad constituye un principio político auténtico y no solamente una bandera conveniente.

Carolina Mejía y Raquel Peña: dos oportunidades para el liderazgo femenino

La presencia de Carolina Mejía y Raquel Peña en la competencia interna del PRM introduce un elemento que no puede ignorarse.

Por primera vez en este escenario sucesorio, el debate sobre la candidatura presidencial oficialista tiene entre sus protagonistas a dos mujeres que han ocupado posiciones de alta responsabilidad pública.

Carolina Mejía, desde la Alcaldía del Distrito Nacional y su trayectoria partidaria, representa una opción con experiencia electoral y vínculos con importantes sectores de la organización.

Raquel Peña, desde la Vicepresidencia de la República, representa otra alternativa femenina con experiencia en la administración pública y en la conducción del Gobierno.

Sus aspiraciones deben evaluarse con los mismos criterios que los demás proyectos presidenciales: capacidad, propuestas, liderazgo, respaldo partidario y posibilidades de conquistar el voto ciudadano.

Pero existe también una dimensión histórica.

Cuando un partido cuenta con mujeres capaces de competir por su candidatura presidencial, la manera en que sus dirigentes femeninas se posicionan frente a esas opciones ayuda a revelar cuánto ha avanzado realmente la organización en la construcción de una cultura política de igualdad.

El empoderamiento no consiste únicamente en colocar mujeres en cargos públicos. También implica que tengan posibilidades efectivas de competir por los espacios más importantes, sin que su condición de mujeres se convierta en una limitación adicional.

La sororidad no se proclama: se demuestra

El PRM ha exhibido mujeres en posiciones relevantes del Estado y de su estructura partidaria. Ese avance merece ser reconocido. Sin embargo, la representación institucional no resuelve por sí sola el desafío de construir una cultura política en la que las mujeres puedan disputar el poder en condiciones de igualdad.

La verdadera prueba aparece cuando la competencia deja de ser discursiva y obliga a tomar decisiones.

En ese momento, la sororidad se enfrenta a las lealtades partidarias, las alianzas personales, los compromisos de grupo y los cálculos electorales. Es ahí donde se determina si la defensa del liderazgo femenino forma parte de una convicción política o si queda subordinada a las conveniencias del momento.

Gloria Reyes y Yadira Henríquez tienen derecho a decidir a quién respaldar. Nadie debería cuestionar ese derecho. Pero, por las posiciones que han ocupado y los principios de participación femenina que representan, sus decisiones también pueden ser objeto de un debate público legítimo.

La pregunta no es si están obligadas a apoyar a Carolina Mejía o a Raquel Peña. La pregunta es qué significado atribuyen hoy a la sororidad y cómo concilian ese principio con sus decisiones en la competencia presidencial del PRM.

Porque la igualdad política de las mujeres no se mide solamente por cuántas llegan a ocupar posiciones de poder, sino también por las condiciones que encuentran para aspirar a las más altas responsabilidades del Estado.

Y cuando llega el momento de decidir quién debe encabezar un proyecto presidencial, las convicciones, los argumentos y las prioridades políticas hablan más alto que cualquier consigna.

Al final, la sororidad PRMísta no debería medirse por las declaraciones pronunciadas en favor de las mujeres, sino por la capacidad de sus dirigentes de defender una competencia justa, reconocer el liderazgo femenino y explicar con transparencia las razones de sus decisiones.

La libertad de apoyar a quien se considere mejor preparado es incuestionable. Pero también lo es el derecho de la sociedad a preguntar si las prácticas políticas están a la altura de los principios que sus protagonistas dicen defender.

Gloria y Yadira tienen la palabra. Y la militancia femenina del PRM tiene derecho a escuchar sus argumentos.

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