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viernes, 19 de junio, 2026

Cero bolas y dos strikes para David Collado y su equipo

Hubo una época en la MLB en que varios bateadores comenzaron a producir números que parecían de otro planeta. Muchos Jonrones, slugging por las nubes, swings temibles y una aura de poder que intimidaba antes de que siquiera entraran al cajón de bateo. Con el tiempo, sin embargo, muchas de esas proezas comenzaron a ser miradas con sospecha. Detrás de algunos números no siempre había un poder natural, sino una musculatura artificial, inflada por esteroides y sostenida por una percepción que parecía indiscutible… hasta que dejó de serlo.

Uno de los casos más ilustrativos fue el de Ryan Braun. Durante años fue proyectado como uno de los bateadores más peligrosos del juego. Su producción ofensiva lo colocó en la élite y su figura se vendía como la de un pelotero completo, explosivo y decisivo. Pero cuando quedó expuesto el uso de sustancias prohibidas, la conversación cambió. Ya no se hablaba solo de sus números, sino de qué parte de aquellos números era realmente suya y qué parte pertenecía al laboratorio. El bateador seguía ahí, sí, pero ya no inspiraba el mismo miedo ni proyectaba el mismo poder. La sospecha había hecho su trabajo: dejó al descubierto que parte de la grandeza que se vendía no era tan sólida como parecía.

Algo parecido comienza a ocurrir en la política dominicana con David Collado y su equipo.

Durante mucho tiempo se ha construido alrededor de Collado una narrativa de poder casi irresistible. La estructura más grande. El equipo más fuerte. El liderazgo con mayor capacidad de arrastre. Las encuestas más favorables. La sensación de inevitabilidad. Todo eso ha servido para instalar una percepción de dominio. Y, hay que decirlo, durante un tiempo esa estrategia funcionó. En política, como en el béisbol, la percepción también juega. Intimida, condiciona, ordena y hasta desmoviliza adversarios.

Pero llega un momento en que la percepción sola ya no alcanza. Llega la hora de traducirla en votos. Y ahí es donde empieza la diferencia entre el poder inflado y el poder real.

Eso fue lo que se empezó a ver en FEDODIM. En un escenario donde se suponía que una fuerza tenía el control, al final no apareció una demostración limpia e incuestionable de mayoría. Lo que quedó fue ruido, cuestionamientos, tensión y una verdad incómoda: cuando hubo que llevar la narrativa al terreno del conteo, la cosa no lució tan simple. Del otro lado, la fuerza de Carolina Mejía mostró algo que en política vale oro: disposición a medirse, capacidad de articular y madurez para pactar.

Y pocos días después, la UASD volvió a enviar un mensaje en la misma dirección.

La victoria de Jorge Asjana, asumida políticamente como una victoria del espacio de Carolina frente al de Radhamés Silverio, vuelve a colocar sobre la mesa la misma conclusión: cuando se trata de convertir percepción en votos, lo que termina hablando no es el músculo de la propaganda, sino la consistencia de la estructura. No es el volumen del discurso, sino la capacidad de organizar, movilizar, sumar y cerrar.

Ahí está el punto de fondo.

Carolina Mejía ha venido mostrando algo que quizás algunos no quisieron ver a tiempo: consistencia. No una fuerza de ocasión. No una burbuja de opinión. No un crecimiento sostenido solo por titulares o estudios que la presentan por encima de todos. Consistencia. Capacidad de aparecer en el momento de la prueba. Capacidad de competir. Capacidad de pactar. Capacidad de convertir articulación en resultado.

Eso obliga a releer muchas cosas.

Obliga a preguntarse si parte del poder que se le atribuía al equipo de David Collado era realmente orgánico o si, en buena medida, estaba reforzado por una percepción estratégicamente construida, útil para dominar la conversación, pero menos eficaz cuando toca bajar al territorio, ordenar estructuras y contar votos de verdad.

Porque una cosa es parecer el bateador más temido del line up. Y otra muy distinta es demostrarlo cuando el juego está apretado, hay hombres en base y el lanzador te obliga a hacer swing de verdad.

Hoy, después de FEDODIM y de la UASD, la analogía luce bastante clara: ese bateador musculoso que parecía encaminado a una temporada histórica empieza a parecerse más a uno de esos sluggers cuyo poder dependía demasiado de factores artificiales. Se veía gigantesco. Impresionaba. Metía miedo. Pero cuando empezó el escrutinio de verdad, el batazo no apareció con la contundencia prometida.

Por eso, la imagen política de esta semana se resume sola: David Collado y su equipo están metidos en el hoyo.

Cero bolas y dos strikes.

Y los pronósticos no son buenos.

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