Para entender las aspiraciones políticas de Santiago Matías quizás estamos haciendo la pregunta equivocada. Más que preguntarnos si puede llegar al Palacio Nacional, habría que calcular cuánto puede ganar construyendo un partido propio aunque nunca llegue a ser presidente.
En la cultura urbana dominicana, “Atrás de los 800”, popularizada por Rochy RD, terminó convirtiéndose en una expresión fácilmente asociable con andar detrás del dinero, buscando “lo de uno”. Traerla a la política puede parecer una provocación, pero sirve para formular una pregunta legítima sobre el proyecto de Santiago Matías: ¿qué puede haber detrás de la decisión de no aceptar simplemente una candidatura prestada y, en cambio, construir una organización política propia? No se trata de afirmar que su motivación sea económica; no existe evidencia para sostenerlo. Se trata de entender los incentivos que ofrece el sistema.
Matías ya comenzó ese camino con Dominicanos Primero, cuyo reconocimiento ha solicitado ante la Junta Central Electoral. La diferencia es importante: aceptar la candidatura de un partido existente habría significado colocar su popularidad al servicio de una estructura ajena. Crear su propio partido significa intentar convertir su audiencia en un activo político que pueda permanecer después de 2028. Y ahí aparece la primera conclusión relevante: Alofoke no necesita ser presidente para que su proyecto político sea exitoso.
La primera barrera está en el 2%. La Ley 33-18 exige que un partido que procura reconocimiento demuestre el respaldo de una cantidad de ciudadanos equivalente a por lo menos el 2% de los votos válidos emitidos en las últimas elecciones presidenciales. En 2024 fueron 4,365,147 votos válidos, por lo que el punto de partida ronda los 87,303 ciudadanos. El número puede parecer pequeño frente a los millones de visualizaciones que genera Alofoke, pero precisamente ahí comienza la diferencia entre audiencia y organización: un seguidor se consigue desde un teléfono; un ciudadano incorporado a una estructura partidaria debe identificarse, validarse y convertirse en parte de una organización real.
Después aparece un reto todavía mayor: el territorio. Un partido nacional necesita organismos de dirección funcionando en los municipios del país. República Dominicana tiene 158 municipios, y eso obliga a pasar del algoritmo al asfalto. No basta con ser extremadamente popular en Santo Domingo, Santiago o entre la diáspora. Hay que construir dirigentes, relaciones y capacidad organizativa desde Pedernales hasta Monte Cristi, desde Elías Piña hasta La Altagracia. En política electoral, un millón de seguidores concentrados donde no se necesitan pueden valer menos que unos pocos cientos de dirigentes distribuidos estratégicamente.
Pero los números verdaderamente interesantes aparecen después del reconocimiento. El sistema de financiamiento público clasifica a las organizaciones de acuerdo con su desempeño electoral y distribuye los recursos alrededor de tres grandes referencias: 0.01%, 1% y 5%. Para 2026, el Estado destinó RD$1,620 millones al financiamiento de partidos, agrupaciones y movimientos políticos. De ese monto, el 80%, equivalente a RD$1,296 millones, corresponde al bloque de organizaciones que superan el 5%; el 12% unos RD$194.4 millones, al grupo intermedio; y el 8%, RD$129.6 millones, al bloque restante conforme a las reglas vigentes.
El dato se vuelve más revelador cuando se traduce a pesos por organización. En 2026 solo tres partidos (PRM, Fuerza del Pueblo y PLD) se encuentran dentro de la categoría superior, por lo que reciben RD$432 millones cada uno. Los cinco partidos ubicados en el bloque intermedio reciben RD$38.88 millones cada uno, mientras que las organizaciones comprendidas actualmente en el grupo inferior rondan los RD$3.93 millones. Es importante aclararlo: ese dinero no pertenece personalmente al presidente de un partido ni puede utilizarse libremente; son fondos públicos sujetos a reglas de administración, capacitación, operación, apoyo electoral, fiscalización y rendición de cuentas.
Tampoco significa que alcanzar un eventual 5% en 2028 garantice exactamente RD$432 millones. El presupuesto futuro puede variar y el 80% se divide entre todas las organizaciones que clasifiquen dentro de ese bloque. Si fueran cuatro partidos, tomando como referencia el fondo de 2026, corresponderían RD$324 millones a cada uno; si fueran cinco, RD$259.2 millones. Pero el ejemplo permite comprender la dimensión del incentivo: una organización que logra suficiente peso electoral puede disponer institucionalmente de cientos de millones de pesos, además de estructura, candidaturas, representación y capacidad de negociación.
Por eso reducir todo el proyecto de Alofoke a la pregunta de si puede ganar las elecciones presidenciales resulta insuficiente. Imaginemos que compite en 2028 y queda tercero. ¿Sería necesariamente un fracaso si, al mismo tiempo, deja establecido un partido nacional, obtiene una votación considerable, coloca diputados o regidores, construye presencia municipal y se convierte en una fuerza necesaria para futuras alianzas? Evidentemente no. En política, llegar al Palacio es el premio mayor, pero no es el único premio.
Ese probablemente sea el elemento menos comprendido de esta historia. Un candidato presidencial puede perder una elección y desaparecer; un partido con votos, representación y reconocimiento puede permanecer, negociar y crecer. Incluso una organización relativamente pequeña puede adquirir un valor considerable en un escenario electoral cerrado, especialmente si sus votos resultan necesarios para construir una mayoría o respaldar a otro candidato en una eventual alianza.
Naturalmente, Santiago Matías todavía debe resolver el problema más difícil: demostrar que la popularidad se convierte en votos. Un «view» no tiene cédula, un «like» no se traslada hasta un colegio electoral y un seguidor no necesariamente pertenece a la demarcación donde se necesita ganar. La política dominicana ha demostrado repetidamente que reconocimiento, simpatía y capacidad de movilización son cosas diferentes. El verdadero examen de Dominicanos Primero será determinar qué porcentaje de la enorme audiencia de Alofoke está dispuesto a transformarse primero en militancia y luego en voto.
Y ahí volvemos a Rochy RD. Cuando alguien que ha demostrado una extraordinaria capacidad para convertir atención en audiencia, audiencia en influencia e influencia en dinero decide dejar de utilizar plataformas políticas ajenas para intentar construir la suya propia, resulta razonable preguntarse qué está viendo en ese nuevo mercado de poder.
No sabemos si Santiago Matías busca exclusivamente la Presidencia, si pretende construir una fuerza política de largo plazo o si ambas cosas forman parte de su estrategia. Lo que sí sabemos es que los números existen: 87,303 respaldos como primera referencia, estructura en 158 municipios, umbrales electorales que comienzan en décimas y puntos porcentuales, y un sistema que en 2026 distribuye RD$1,620 millones entre las organizaciones reconocidas.
Por eso, antes de preguntarnos únicamente si Alofoke puede ser presidente, quizás deberíamos hacernos otra pregunta.
Cuando alguien que ha construido buena parte de su fortuna entendiendo cómo convertir atención en dinero decide construir una plataforma política propia, ¿de cuáles 800 estamos hablando?










