Por Jeffri Mateo Alcántara
Usted puede que no esté de acuerdo conmigo, y está en todo su derecho. Pero hay una realidad que no podemos seguir ignorando: la cantidad creciente de personas pidiendo en las calles. Y no hablo con desprecio ni desde una posición de superioridad; lo hago desde la preocupación y la intención de proponer soluciones. Dios sabe que no es con mal corazón.
Muchas veces uno sale a la calle con ánimo de servir, con el deseo de ayudar a quienes más lo necesitan. Sin embargo, si no se actúa con prudencia y criterio, en una sola jornada podemos gastar más de 2,000 pesos entregando 50 o 100 pesos aquí y allá. Y aún así, sentimos que no hacemos diferencia.
Es una situación que ha ido escalando. No sería de sorprender que pronto veamos la formación de algún tipo de sindicato de pedigüeños, como si pedir en la calle fuera una profesión más. Eso debe alarmarnos, no porque rechacemos la compasión, sino porque es señal de un problema social más profundo.
Sabemos que este gobierno ha implementado múltiples programas de ayuda social —y hay que reconocerlo— muchos están funcionando. Desde el programa Supérate, hasta iniciativas de inclusión laboral, vivienda, educación técnica y apoyo a madres solteras, el Estado está presente. Sin embargo, el tema de quienes viven exclusivamente de pedir sigue sin abordarse de forma integral.
Más preocupante aún es que, en varias ocasiones, me ha tocado ver personas con salud, energía, e incluso más fuerza física que yo mismo, solicitando dinero en las esquinas. ¿Cómo es posible que alguien con capacidad de trabajar elija extender la mano antes que buscar una oportunidad? ¿Será por falta de orientación? ¿Será por comodidad? ¿O simplemente porque ya vieron en eso un “modo de vida”?
Este es un llamado urgente: necesitamos una estrategia nacional para reinsertar a esas personas a la sociedad productiva. No solo por salud pública o por orden social, sino por dignidad humana. No podemos permitir que niños, jóvenes y adultos sanos pasen su vida entre vehículos, recibiendo monedas y arriesgando su seguridad, mientras el país avanza en otras áreas.
Sí, sigamos siendo solidarios, pero también responsables. Ayudar no siempre significa dar dinero: puede significar orientar, denunciar redes de explotación, apoyar programas de capacitación o simplemente canalizar a esas personas hacia instituciones que pueden asistirles de manera más efectiva.
Hagamos la diferencia, pero de manera estructurada, no emocional.
Porque ayudar no es solo dar… es transformar.




